VACACIONES EN ALEMANIA: QUINCE DÍAS DE ZEN.

Dos semanas de “entrenamiento zen”… una semana de sesshin y una semana de retiro… quince días en silencio o, mejor, quince días silenciosos que poco a poco van “entrando” en todos los que allí nos reunimos y también en mí.  Suave y “amorosamente” van produciendo un cambio casi imperceptible al principio pero que, poco a poco, se va extendiendo por mi  “cuerpo físico, mental, emocional…” 20140731_081757Hace ya cuatro años que “descubrí y experimenté”  esta nueva forma de vacaciones  un tanto diferente, por lo menos en el entorno en el que habitualmente me movía por “aquellos entonces”, pero no tanto para los cientos de personas que anualmente pasan algún día en esta casa de espiritualidad llamada Benediktushof, en un pequeño pueblo de Baviera, Holzkirchen, en Alemania. Resulta algo extraño y chocante cuando les explicas que te vas de vacaciones a Alemania a estar quince días en absoluto silencio, practicando seis o siete horas de zen, con la única intención de “vaciarte”, dejar de hacer y poder experimentar el Estar, el Ser.   “Sumergida” en un entorno bellísimo, no sólo por la grandeza del bosque que lo rodea, sino por cómo allí se “respira”, cómo allí se puede sentir la Presencia, me he “entregado” al zen, al silencio y, ciertamente, la experiencia es profunda y transformadora. Practicar zen  NO ES MÁS que dejar de correr, no sólo en mi vida cotidiana, sino dentro de mi;20140809_075847 - copia de mi cabeza, de mis ideas, de mis planes, de mis expectativas. Dejar de correr y, poco a poco, parar. Es en este parar en el que va apareciendo una cierta estabilidad, una pequeña y a la vez intensa quietud que me “abre” a otras posibilidades, a otra forma de estar en medio de lo que hay. 20140731_080630En una primera semana de Sesshin, el día a día se mueve entre el zendo, bello por su austeridad, por su manifestación del Silencio, de la Presencia que te invita y ayuda a estar; el patio dónde hacer kinhin, el comedor, los paseos por el bosque, por el río… Cada “sentada”, cada “respiración”,  se convierten en todo lo que hay que hacer. El ejercicio, la práctica del zen, se puede definir (me atrevo a definirlo aún sabiendo que seguro que no es muy ortodoxa mi definición)  cómo la práctica de acompañar nuestra propia respiración hasta que, poco a poco… (o mucho tiempo después de empezar a practicar) es lo único que hay.  “Sólo respira,  me dice mi maestro Alexander Poraj en la entrevista personal o dokusan, hasta que la respiración y tú seáis uno”… sólo respira. Cada día tiene la misma estructura: kinhin en el patio al amanecer (las 05’45), sentadas, desayuno, samu, descanso, sentadas, Teishó, sentadas, comida, descanso, sentadas, te, kinhin , sentadas…. y, a las 21’00 “en punto”… toque de gong y fin de la jornada. !Ah, y todo…las instrucciones, las recitaciones, los Teishó (enseñanzas de los maestros) en alemán, claro!  Visto así parece un tanto duro, sin embargo, por lo menos para mí, es una experiencia y una vivencia que ha marcado y marca cada año mi vida, mi cotidianidad, mi forma de ser. 20140802_185827Sentarme en el puente, sobre el río, es como una continuación del zazen. Allí, sin prisa, sin nada más que hacer, puedo dedicarme sólo a oír el correr continuo del agua, sentir la brisa, disfrutar del color de las flores, del verde de la vegetación, la paz que emana, ciertamente me atrae, me seduce, me aquieta. Este año, la segunda semana he “elegido” no hacer otro sesshin, sino una “experiencia de soledad”. Una semana en una pequeña cabaña, al amparo del Benediktushof… y del bosque, sin hablar, sin “ver” a nadie. Solo yo, conmigo, con el silencio, con la Presencia…. precioso, impresionante a la vez que importante… me siento privilegiada de esta oportunidad. Poder parar y dedicarte a sentir, es un lujo. 20140804_095900 Vivimos siempre corriendo, detrás de mil cosas que creemos que tenemos que hacer. Claro que hay que hacer mucho, pero a menudo nos perdemos y enredamos en el hacer hasta olvidarnos de vivir, de sentir, de compartir.  En el acompañamiento en el proceso personal de otros, por supuesto también en mi propia vida lo veo, compruebo una y otra vez la “necesidad” de cambiar nuestra forma de vida; la tenemos tan asumida y que creemos que es intocable, incambiable, pero no es así; se puede vivir de otra forma, se puede pasar de sobre-vivir a super-vivir, en el sentido más puro de la gramática, pasar de vivir siempre en el límite, a vivir de una manera más plena.   Volver a la sencillez es todo un reto sin duda, y no me refiero sólo a la sencillez en la vida material, sino en la forma de relacionarnos con los demás, y, sobretodo, con uno mismo. De vuelta a España, a casa, a mi cotidianidad, quiero compartir mi experiencia:  merece la pena arriesgarse a cambiar de vida, arriesgarse a “mirar” dónde estoy atascada,  dónde dejé de sentir, de sentirme…  dónde perdí la conexión con mi alma… Merece la pena aún cuando a veces sea difícil,  doloroso,  duro.       El “fruto”, la estabilidad, la paz, la quietud. Alexander_Willigis_Doris Gracias Alexander por “mostrarme” el zen; Gracias Willigis por “dar forma” a esta manera de vivir. Gracias “Alma”, por llevarme allí.